Ayer tocó la puerta y pidió si le podíamos hacer unas moñitas. Unas moñitas rojas, fluorescentes. Raras. Dijo que eran para darle de comer a sus hijos. Sus movimientos eran vacilantes, oía incoherente, y olía a días durmiendo en la calle. La peña, con pocas ganas de cocinar a las once y media de la noche, le sirvió un buen plato de guiso de lentejas calentito. Allí fueron, mi primo y el novio de mi prima, a alcanzarle el alimento. El desafortunado, ya tirado en el cordón de enfrente y dormido, abrió sus ojos y se puso a comer. viernes, abril 27, 2007
Ojos bien Cerrados
Ayer tocó la puerta y pidió si le podíamos hacer unas moñitas. Unas moñitas rojas, fluorescentes. Raras. Dijo que eran para darle de comer a sus hijos. Sus movimientos eran vacilantes, oía incoherente, y olía a días durmiendo en la calle. La peña, con pocas ganas de cocinar a las once y media de la noche, le sirvió un buen plato de guiso de lentejas calentito. Allí fueron, mi primo y el novio de mi prima, a alcanzarle el alimento. El desafortunado, ya tirado en el cordón de enfrente y dormido, abrió sus ojos y se puso a comer. martes, abril 24, 2007
El vaso
No me lavo nada la cabeza, pensé.
Y no me la lavé.
Me bañé lo más rápido que pude, me sequé, me vestí y me fui bici hacia mi casa.
Ese día no pude terminar de lavar la cocina. Justo cuando me disponía a hacerlo un vaso resbaló entre mis manos. Maldito detergente: suave, espumoso... carajo! Él era el culpable de mi desgracia.
Por culpa del detergente casi muero esa tarde.
Me tocaba la cocina, un par de platos, muchos vasos (nunca supe porqué tantos), y cubiertos. Empecé por los platos.
Fácil, eran solo dos, un toque, todo marchaba bien hasta entonces.
La radio estaba encendida aunque no le prestaba atención, estaba concentrada en mi quehacer doméstico, ba, eso era lo que creía, pues de ser así, jamás me hubiera pasado lo que me pasó.
Había terminado con los platos, era el turno de los vasos. Me gusta que queden transparentes, y mi truco, ni tan truco, es muuuucho detergente.
Mi abuela, ahorradora como pocas, no derrocha como yo. Usa poco detergente, algo que suele inquietarme pero gracias a esa manía de lo necesario, a ella le alcanza la jubilación, no se le acaba como a mí, que siempre le tengo que pedir un préstamo a fin de mes. En fin....
Poco después de agregarle detergente a la esponja me enfrenté con ÉL. Cómo no pude imaginarlo?
El vaso resbaló entre mis manos, y la distancia entre él y la pileta era tan pequeño que mis reflejos no pudieron ganarle a la gravedad.
Agarré muchas servilletas y me envolví los dedos. En menos de lo que canta un gallo el papel ya estaba teñido de rojo, aunque ello no logró ponerme en estado de pánico. Yo tenía planificado ir al club y nada ni nadie me lo iba a impedir.
Tomé mi clase de gimnasia y por ese rato pude olvidarme de mis heridas. El grato momento terminó cuando llegué a la ducha. Fue allí donde me acordé de lo fácil que es morir.
Decidí no lavarme la cabeza. Apenas el agua fuerte y tibia que caía de la ducha tocó mis manitos todo me empezó a doler y a arder. Se lo conté a la señora que se bañaba al lado mío.
Nunca hablo con nadie en la ducha. En realidad no he hecho mucha sociabilidad en el club del barrio.
Pero esa vez tuve necesidad de compartir mi trágica experiencia.
Miraba mis manos. Mente perversa, imaginaba que podían ser las de una adolescente perdida que había tratado de suicidarse, pero que tenía una excelente excusa para explicar los cortes.
Las heridas sanaron rápido, y por suerte dolor y ardor desaparecieron. Únicamente cuando terminaba de comer recordaba a aquel vaso.
Después de comer, algunas veces, suelen quedarme restos de comida entre los dientes. Los cortes en los extremos de mis dedos no permitían que pudiera usarlos cual del hilo dental. Eso me ponía de muy mal humor... hasta que recordé los escarbadientes, y entendí que debía estar feliz como cualquier sobreviviente.


