viernes, abril 27, 2007

Ojos bien Cerrados

Ayer tocó la puerta y pidió si le podíamos hacer unas moñitas. Unas moñitas rojas, fluorescentes. Raras. Dijo que eran para darle de comer a sus hijos. Sus movimientos eran vacilantes, oía incoherente, y olía a días durmiendo en la calle. La peña, con pocas ganas de cocinar a las once y media de la noche, le sirvió un buen plato de guiso de lentejas calentito. Allí fueron, mi primo y el novio de mi prima, a alcanzarle el alimento. El desafortunado, ya tirado en el cordón de enfrente y dormido, abrió sus ojos y se puso a comer.

Ya no es verano, el sol no abriga a los sintecho. Además el otoño llegó gritando, y por las noches ya dan ganas de prender la estufa. Nosotros estábamos de un lado del mundo, de un lado del sistema, y este señor del otro.

Hoy me levanté temprano como todos los días de la semana menos los sábados. Entro a trabajar a las ocho de la mañana. Despertar fresco pero más cálido que la noche de ayer. Exprimí un par de naranjas, cortado de por medio, un par de tostadas, y conversé con mi tío y mi prima. A empezar el día…

Abro la puerta para marchar. Ocho menos cuarto. Y enseguida me acordé de las moñitas. El señor que anoche había pedido que le preparen sus fideos estaba despertando con vahos de pegamento. No sé a qué hora se habrá dormido, pero seguro después de las doce, y borracho, bien borracho.

martes, abril 24, 2007

El vaso

No me lavo nada la cabeza, pensé.
Y no me la lavé.

Me bañé lo más rápido que pude, me sequé, me vestí y me fui bici hacia mi casa.

No puse crema en mi cuerpo, no peiné mi pelo enredado; apenas lo sequé con la toalla. Qué mala suerte había tenido... o qué buena, vaya una a saber.

Ese día no pude terminar de lavar la cocina. Justo cuando me disponía a hacerlo un vaso resbaló entre mis manos. Maldito detergente: suave, espumoso... carajo! Él era el culpable de mi desgracia.

Por culpa del detergente casi muero esa tarde.

Me disponía a ordenar mi hogar. La ropa: un pequeño edificio encima de la silla sillón, la cama “ventilada”, sacudida y estirada, parecía que la hubiera hecho como Dios manda.

Me tocaba la cocina, un par de platos, muchos vasos (nunca supe porqué tantos), y cubiertos. Empecé por los platos.

Fácil, eran solo dos, un toque, todo marchaba bien hasta entonces.

La radio estaba encendida aunque no le prestaba atención, estaba concentrada en mi quehacer doméstico, ba, eso era lo que creía, pues de ser así, jamás me hubiera pasado lo que me pasó.

Había terminado con los platos, era el turno de los vasos. Me gusta que queden transparentes, y mi truco, ni tan truco, es muuuucho detergente.

Mi abuela, ahorradora como pocas, no derrocha como yo. Usa poco detergente, algo que suele inquietarme pero gracias a esa manía de lo necesario, a ella le alcanza la jubilación, no se le acaba como a mí, que siempre le tengo que pedir un préstamo a fin de mes. En fin....

Poco después de agregarle detergente a la esponja me enfrenté con ÉL. Cómo no pude imaginarlo?

El vaso resbaló entre mis manos, y la distancia entre él y la pileta era tan pequeño que mis reflejos no pudieron ganarle a la gravedad.

Empecé a sangrar. Todas mis falanges, inclusive la muñeca de mi mano habían sido dañadas por ese vaso (ahora ex vaso o pequeños y medianos trozos de vidrios asesinos).

Agarré muchas servilletas y me envolví los dedos. En menos de lo que canta un gallo el papel ya estaba teñido de rojo, aunque ello no logró ponerme en estado de pánico. Yo tenía planificado ir al club y nada ni nadie me lo iba a impedir.

Tomé mi clase de gimnasia y por ese rato pude olvidarme de mis heridas. El grato momento terminó cuando llegué a la ducha. Fue allí donde me acordé de lo fácil que es morir.

Decidí no lavarme la cabeza. Apenas el agua fuerte y tibia que caía de la ducha tocó mis manitos todo me empezó a doler y a arder. Se lo conté a la señora que se bañaba al lado mío.

Nunca hablo con nadie en la ducha. En realidad no he hecho mucha sociabilidad en el club del barrio.

Pero esa vez tuve necesidad de compartir mi trágica experiencia.

Miraba mis manos. Mente perversa, imaginaba que podían ser las de una adolescente perdida que había tratado de suicidarse, pero que tenía una excelente excusa para explicar los cortes.

Las heridas sanaron rápido, y por suerte dolor y ardor desaparecieron. Únicamente cuando terminaba de comer recordaba a aquel vaso.

Después de comer, algunas veces, suelen quedarme restos de comida entre los dientes. Los cortes en los extremos de mis dedos no permitían que pudiera usarlos cual del hilo dental. Eso me ponía de muy mal humor... hasta que recordé los escarbadientes, y entendí que debía estar feliz como cualquier sobreviviente.

domingo, abril 01, 2007