lunes, junio 25, 2007

GaJes del ViciO

Como la mayoría de los trabajadores fumadores, después del decretazo, me he hecho más compinche de mi smoking partner, y he tenido la suerte de que sea una persona muy admirable. Una mujer que puede pasar desapercibida pero que probablemente sea de las más interesantes del salón.

Por lo general nuestra guarida es la azotea del laburo, aunque bien temprano, cuando hay poca gente, en ese momento donde se prepara el mate, solemos dar las primeras pitadas en la cocina.

Hace un tiempo, como a mi se me habían acabado los cigarros, le invité a fumar camino al kiosco, y bueno, como había poco que hacer me acompañó. Era otoño, un día frío pero no congelado gracias a EL rayo de sol que lograba colarse entre las nubes. Fumamos en la esquina iluminada, tranquilas, imaginándonos que estábamos en otra ciudad, que éramos otras personas.

Como todo lo bueno tiene su fin, a los cinco minutos volvimos a la realidad. Ella a su oficina, yo a la mía.

De vuelta frente al monitor. Y de repente una fragancia extraña comenzó a invadir mi olfato. Lo consulté y me lo confirmaron: había olor a quemado. Empecé a buscar algo en llamas, algún cable de las computadoras, el aire acondicionado…

De repente me agaché para ver las conexiones bajo el escritorio, parecía que era ahí la cuestión. Vi humo. De acá sale humo, les dije a mis compañeros, ya bastante más alterada. Se acercaron y fueron hacia el mismo lugar donde yo. Pero algo no andaba bien.

Cuando yo me alejaba olor y humo venían conmigo. Seeh… me había salido mejor que a un dibujito animado.

Tic - tac - toc - toc… cayó la ficha, y también la colilla, que estaba en el dobladillo de mi pantalón.

lunes, junio 18, 2007

Ya lo dijo Pierce

Tres zanahorias chiquitas, arrugadas, de esas que como los viejitos se fueron encogiendo. Un platito con restos de verduras usadas de hace días, quizás para un tuco. Un tetra de vino tinto abierto, unas mandarinas.

- Para mí la heladera de cada persona guarda un mensaje encriptado.

A ver, me dijo. Y me llevó hasta su nevera: tres zanahorias chiquitas, arrugadas, de esas que como los viejitos se fueron encogiendo. Un platito con restos de verduras usadas de hace días, quizás para un tuco. Un tetra de vino tinto abierto, unas mandarinas

- Hace por lo menos tres días no pasó nadie por acá.

Já, me respondió. Hace dos noches que no duermo en casa, y Vale, desde el viernes que se le enfermó el novio, tampoco.

Todo cerraba, existía el patrón. Mi teoría rendía, brillaba, tenía éxito.

Así estuvimos dos horas hablando sobre las heladeras, el cómo lucen y sus dueños. Por ejemplo, la de mi abuela es un rococó. Leche entera y descremada, al menos cinco platos chicos con restos de (el cuarto de milanesa que sobró del mediodía, torta de zapallitos de la noche anterior, un poco de pollo, un pedacito de torta), dos cajones con gran variedad verduras (algunas nuevitas, otras que supieron serlo), una jarra de agua con pedacitos de cáscara de limón...

Y de repente por esas asociaciones de ideas me acordé, como supo decirlo un profe de facultad, que en la basura de la gente hay mucho por descubrir, hasta un posible asesino... búuuu.

En fin. El mensaje está ahí, a la espera de que alguien, aburrido, observador, y/o colgado, se tome el tiempo para descifrarlo.