Como la mayoría de los trabajadores fumadores, después del decretazo, me he hecho más compinche de mi smoking partner, y he tenido la suerte de que sea una persona muy admirable. Una mujer que puede pasar desapercibida pero que probablemente sea de las más interesantes del salón. Por lo general nuestra guarida es la azotea del laburo, aunque bien temprano, cuando hay poca gente, en ese momento donde se prepara el mate, solemos dar las primeras pitadas en la cocina.
Hace un tiempo, como a mi se me habían acabado los cigarros, le invité a fumar camino al kiosco, y bueno, como había poco que hacer me acompañó. Era otoño, un día frío pero no congelado gracias a EL rayo de sol que lograba colarse entre las nubes. Fumamos en la esquina iluminada, tranquilas, imaginándonos que estábamos en otra ciudad, que éramos otras personas.
Como todo lo bueno tiene su fin, a los cinco minutos volvimos a la realidad. Ella a su oficina, yo a la mía.
De vuelta frente al monitor. Y de repente una fragancia extraña comenzó a invadir mi olfato. Lo consulté y me lo confirmaron: había olor a quemado. Empecé a buscar algo en llamas, algún cable de las computadoras, el aire acondicionado…
Cuando yo me alejaba olor y humo venían conmigo. Seeh… me había salido mejor que a un dibujito animado.
Tic - tac - toc - toc… cayó la ficha, y también la colilla, que estaba en el dobladillo de mi pantalón.


