lunes, mayo 26, 2008

Locura ordinaria

Aquella foto me decía todo lo que no quería escuchar. Me ví adulta, en un cumpleaños de adultos. La juventud ya no regodeaba mis mejillas, y aquellas expresiones frescas se habían vuelto significativamente curtidas.

Ver esa foto me cambió la cara, me deprimió. No pude seguir disfrutando de la misma forma. La miré una, dos, tres, cuatro veces, intentando encontrar algún indicio de aquella imagen que añoraba. Pero cuanto más la miraba, más me deprimía. No descubría nada de eso, sino todo lo contrario. Y más nostalgia tenía.

Así me sentí el otro día, en un cumpleaños, después de mirar el retrato en la cámara digital, y lamenté no vivir más en la era reflex

miércoles, mayo 21, 2008

Pediculosis capilar

Sería 1945, 1950. Maestras de escuela rural. Y juro que lo que cuento pasó de verdad.


Gloria no tenía 20 años pero sí a su cargo a 14 gurises. Señoras de túnica blanca y tiza en mano de las de antes, como dicen aquellas hoy ya jubiladas, que marcan en el antes la diferencia, pues aseguran, ellas estaban mucho mejor preparadas.


Uno de los alumnos de Gloria sufría de piojos. Muchos piojos. Tanto así que la maestra, cada vez que le encontraba alguno, se lo pegaba con cinta scotch en el cuello de la túnica blanca. El piojo escrachado, a la vista de todos. Y cuando el cuello ya no se sabía si era blanco con puntos negros o negro con puntos blancos Gloria lo mandaba derechito con la directora.


El niño tenía que cruzar el patio de la escuela hasta llegar al escritorio de la máxima autoridad de su segunda casa. Allí, debía bajar cabeza, olvidar dignidad y alguna otra cosa más, levantar el resto de cabello que podía ocultar algunos de sus anti trofeos, y escuchar a la doña. El paso siguiente lo conocemos todos los que pasamos por el centro educativo. La famosa cartita a los padres.


Pero si lo que conté hasta el momento suena un tanto bizarro, en segundos pasará casi desapercibido.


Pues bien. La directora habló con los padres de la criatura y les pidió que fueran a la escuela para hablar del alarmante problema. Es que además, cuando le había preguntado a solas al niño si en su casa le pasaban algún producto, y no imaginen algo tan moderno como Piojisal, el gurí no soltaba bocado. Como si los piojos, además de chuparle la sangre, le hubieran comido la lengüita.


Fue solo su madre. Todos a la Dirección, maestra inclusive. Saludo va, saludo viene, y de pronto, cuando la jefa de la escuela le muestra a la progenitora del niño en cuestión los piojos escrachados en cinta scotch, la madre, para asombros de los presentes, en lugar de rezongar al niño miró indignada a la maestra.


- Madre: ¿Cómo se le ocurre hacer esto?

- Maestra: Es que no podía seguir esta situación, los padres de todos los compañeros de clase se vienen a quejar de que curan las cabezas de sus hijos, y que al otro día están infectados de nuevo. Su hijo sigue trayendo piojos, y sigue contagiando.

- Madre: Pero usted no entiende, los piojos de mi hijo son de MI hijo.


Cierto era, ejemplares como los que habitaban en la cabeza del pequeño no se encontraban en cualquier balcón. Medían centímetro, centímetro y medio. Y eran negros, bien negros.


- Madre: Mire, le pido por favor que usted no le siga sacando piojos a mi hijo. En todo caso, mañana lo traigo con una gorra, así no le salta ninguno a otro compañero. Pero los piojos, maestra, por favor, que no salgan de la cabeza del nene.


Increíble e inentendible, pero así resultó el pacto.


Cuando llegaron a su casa, madre e hijo piojoso se sentaron en el sillón a mirar la tele en el comedor, donde también estaba el jefe de la casa. Le sirvió la leche al botija, le hizo unas tostadas con manteca, y mientras el pequeño merendaba su padre metía mano en el tesoro capilar.


Así como quien saca una bolilla de lotería, el viejo sacaba piojos de la cabeza de su hijo.

Sacaba uno, sacaba dos, sacaba tres, mientras armaba el mismísimo velódromo liliputiense encima de la mesa. Los ponía todos en posición de salida, y apostaba, solo, entretenido con su carrera de piojos.


sábado, mayo 03, 2008

El ritmo del barrio

Siempre hay dos versiones de un mismo hecho, “la otra cara de la moneda”, “las dos voces”. También siempre nos llega una primera que la otra, y sin querer o queriendo, esa es a la que sentimentalmente nos sentimos más cercanos.
Hasta que llega la otra versión. Entonces la duda comienza a tomar forma.

Cuatro mujeres, una peluquería, un proyecto, un sueldo que alcanza para sobrevivir. Dos rubias y dos morochas que parecen entenderse a la perfección para las clientas. El negocio entre amigas que funciona, rompiendo todas las advertencias. Hasta que un buen día cae doña regla: tres mujeres desempleadas y una con empresa renovada.
Las advertencias eran reales: “Ten cuidado, los negocios entre amigos o familia pueden complicarse”.

Casos como estos pululan en los barrios de las ciudades del mundo. Hermanos asociados, padres e hijos, amigos del colegio. Claro que no se pude hablar de una generalidad, pero sí de una marcada tendencia.

En un primer momento había tomado la decisión de no ir más a la peluquería que está enfrente a mi casa por cuestión de principios. A pesar de que me queda muy cómoda la proximidad del centro estético, porque sí, no sólo a cortarme el pelo iba. Una entraba y salía renovada. De pies a cabeza, no sé si me explico.

La otra campana no tardó en llegar, ni tampoco las preguntas a mi cabeza: ¿quiénes fueron las reales bastardas en esta historia? ¿Cuál de todas las que metió mano en mi hermoso cabello tenía su alma negra? ¿Acaso entregué mis piernas a una traidora? ¿O quizás mis uñas?

Sin embargo caí en la cuenta de que no tengo el mismo criterio para con la almacén que también está enfrente a casa. Negocio familiar de gallegos. El viejo cuadrado con sus hijos tras el mostrador. Un treintón frustrado y una mujer soltera, dejada, abandonada, empastillada, deprimida. Con un padre criticón que no escatima piropos añejos y desubicados para las jóvenes que van por un litro de leche y una flauta.

Un barrio de locos. Un pequeño centro comercial de dementes.

Entonces llega la otra pregunta, la más importante quizá: ¿importa la vida personal de estos personajes? ¿Importa si han matado, violado, agredido, ayudado a los más pobres o si han brindado su vida a la humanidad? ¿O simplemente basta con que estén abiertos hasta las diez de la noche, que no tengan precios disparatados y que me dejen espléndida?

La duda me acecha. El mundo moderno ataca.