sábado, mayo 03, 2008

El ritmo del barrio

Siempre hay dos versiones de un mismo hecho, “la otra cara de la moneda”, “las dos voces”. También siempre nos llega una primera que la otra, y sin querer o queriendo, esa es a la que sentimentalmente nos sentimos más cercanos.
Hasta que llega la otra versión. Entonces la duda comienza a tomar forma.

Cuatro mujeres, una peluquería, un proyecto, un sueldo que alcanza para sobrevivir. Dos rubias y dos morochas que parecen entenderse a la perfección para las clientas. El negocio entre amigas que funciona, rompiendo todas las advertencias. Hasta que un buen día cae doña regla: tres mujeres desempleadas y una con empresa renovada.
Las advertencias eran reales: “Ten cuidado, los negocios entre amigos o familia pueden complicarse”.

Casos como estos pululan en los barrios de las ciudades del mundo. Hermanos asociados, padres e hijos, amigos del colegio. Claro que no se pude hablar de una generalidad, pero sí de una marcada tendencia.

En un primer momento había tomado la decisión de no ir más a la peluquería que está enfrente a mi casa por cuestión de principios. A pesar de que me queda muy cómoda la proximidad del centro estético, porque sí, no sólo a cortarme el pelo iba. Una entraba y salía renovada. De pies a cabeza, no sé si me explico.

La otra campana no tardó en llegar, ni tampoco las preguntas a mi cabeza: ¿quiénes fueron las reales bastardas en esta historia? ¿Cuál de todas las que metió mano en mi hermoso cabello tenía su alma negra? ¿Acaso entregué mis piernas a una traidora? ¿O quizás mis uñas?

Sin embargo caí en la cuenta de que no tengo el mismo criterio para con la almacén que también está enfrente a casa. Negocio familiar de gallegos. El viejo cuadrado con sus hijos tras el mostrador. Un treintón frustrado y una mujer soltera, dejada, abandonada, empastillada, deprimida. Con un padre criticón que no escatima piropos añejos y desubicados para las jóvenes que van por un litro de leche y una flauta.

Un barrio de locos. Un pequeño centro comercial de dementes.

Entonces llega la otra pregunta, la más importante quizá: ¿importa la vida personal de estos personajes? ¿Importa si han matado, violado, agredido, ayudado a los más pobres o si han brindado su vida a la humanidad? ¿O simplemente basta con que estén abiertos hasta las diez de la noche, que no tengan precios disparatados y que me dejen espléndida?

La duda me acecha. El mundo moderno ataca.

1 comentario:

CALM dijo...

Lo sano, lo segundo, lo correcto, lo incongruentemente insano, es lo primero.