“Nada se pierde todo se transforma”. Esta frase la aprendí en el liceo, clase de química, una de mis preferidas. Voltaire. Jamás me la olvidé.
Un par de veces escribí algún garabato usándola. Garabatos que quedaron en alguna computadora perdida, vaya a saber de quién. Eran esos tiempos donde no encontraba mi lugar. Y mientras lo buscaba, a veces escribía.
Voltaire apareció también en un cancionero de Drexler. “Tu beso se hizo calor, luego el calor movimiento, luego gotas de sudor…”. El hielo se derrite, se hace agua, y el agua se evapora, y queda en el aire. Parte del aire.
Hoy fuimos a Las Toscas, a la casa de la abuela, de los primos. Fuimos sin la abuela, que ya no está más, acá, de este lado. Llevamos parte de Capurro, parte de la ciudad. De la ciudad de mi abuela. La casa de verano, la única de María Hilda que vamos a conservar, tiene ahora el horno eléctrico de donde supieron salir las mejores berenjenas y papas asadas que comí en la vida. Las que la abuela me preparaba para malcriarme. Tiene la cama donde la madre de mi madre durmió desde que se casó con mi abuelo. Y tiene su colchón, su heladera, sus sillas. Ahora la tiene a ella más que nunca. En cada rincón, en cada siesta, en cada comida. Suspiro. Estoy segura de que vé todo desde arriba, orgullosa.
Así me voy despidiendo de Capurro, y de una forma de estar de mi abuela. Y aparece esa nubecita futurista donde me veo frente a esa casa, mirando a otra familia, creando otro futuro, otro destino.
Hoy tocó esa mudanza a Las Toscas. Quedó precioso, listo para cobijar nuevas alegrías, amores, encuentros, peleas, travesuras. Vida. El legado de “la negra”
domingo, octubre 19, 2008
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