Hace unos meses, casi un año, iba caminando por la calle, entré por vaya a saber qué impulso a una peluquería, y dije: el pelo corto. Y lo dije sin pensarlo. Podría haberme probado distintos colores, cortes, qué se yo. Pero no, el pedido fue directo. Cortámelo corto, bien corto.
Es que los cambios en el pelo son los más efectivos. Bueno, cambiar el vestuario también puede resultar, pero, qué se yo, menos jugado.
Igual siempre hay una opción. Vichas, orquillas, gel. Pero la sensación de cuando una se la “juega” (y que quede claro que no hablo de recortar las puntas o aclararse un poco el color) es excitante.
Hoy fui a la peluquería. Me dio por oscurecerme el pelo. Y es que si no es ahora es nunca. Tengo el pelo corto, ideal para hacerle cualquier cosa. Y he jugado poco con el color. Con los cortes un poco más, pero sólo tengo el cerquillo para experimentar. El largo, el largo que quede intacto, es lo que digo ahora.
Sin embargo esta vez fue más cautelosa. Consulté; ¿y si no me gusta? ¿es fácil volver al color anterior?
Después de un pequeño intercambio de palabras creo tomé la decisión más acertada. Es que es con la práctica que una aprende. Prueba y error, como siempre digo. No nacimos sabios, nos hacemos en el camino.
En vez de hacerme el negro intenso mi pelo quedó gris. Metafóricamente gris. Un color que da lugar al paso anterior más fácil. Una decisión que no implica meses para olvidarla. Está en el medio. Entre el uno y el otro. Con un paso, sea hacia delante o hacia atrás, hay solución. De vuelta rubia o negro azabache. O también así, como estoy. Sólo en cuestión de minutos.
Menos radical, más tranquila. Aunque sí experimentando, pero con la voz de la experiencia.

