Sería 1945, 1950. Maestras de escuela rural. Y juro que lo que cuento pasó de verdad.
Gloria no tenía 20 años pero sí a su cargo a 14 gurises. Señoras de túnica blanca y tiza en mano de las de antes, como dicen aquellas hoy ya jubiladas, que marcan en el antes la diferencia, pues aseguran, ellas estaban mucho mejor preparadas.
Uno de los alumnos de Gloria sufría de piojos. Muchos piojos. Tanto así que la maestra, cada vez que le encontraba alguno, se lo pegaba con cinta scotch en el cuello de la túnica blanca. El piojo escrachado, a la vista de todos. Y cuando el cuello ya no se sabía si era blanco con puntos negros o negro con puntos blancos Gloria lo mandaba derechito con la directora.
El niño tenía que cruzar el patio de la escuela hasta llegar al escritorio de la máxima autoridad de su segunda casa. Allí, debía bajar cabeza, olvidar dignidad y alguna otra cosa más, levantar el resto de cabello que podía ocultar algunos de sus anti trofeos, y escuchar a la doña. El paso siguiente lo conocemos todos los que pasamos por el centro educativo. La famosa cartita a los padres.
Pero si lo que conté hasta el momento suena un tanto bizarro, en segundos pasará casi desapercibido.
Pues bien. La directora habló con los padres de la criatura y les pidió que fueran a la escuela para hablar del alarmante problema. Es que además, cuando le había preguntado a solas al niño si en su casa le pasaban algún producto, y no imaginen algo tan moderno como Piojisal, el gurí no soltaba bocado. Como si los piojos, además de chuparle la sangre, le hubieran comido la lengüita.
Fue solo su madre. Todos a
- Madre: ¿Cómo se le ocurre hacer esto?
- Maestra: Es que no podía seguir esta situación, los padres de todos los compañeros de clase se vienen a quejar de que curan las cabezas de sus hijos, y que al otro día están infectados de nuevo. Su hijo sigue trayendo piojos, y sigue contagiando.
- Madre: Pero usted no entiende, los piojos de mi hijo son de MI hijo.
Cierto era, ejemplares como los que habitaban en la cabeza del pequeño no se encontraban en cualquier balcón. Medían centímetro, centímetro y medio. Y eran negros, bien negros.
- Madre: Mire, le pido por favor que usted no le siga sacando piojos a mi hijo. En todo caso, mañana lo traigo con una gorra, así no le salta ninguno a otro compañero. Pero los piojos, maestra, por favor, que no salgan de la cabeza del nene.
Increíble e inentendible, pero así resultó el pacto.
Cuando llegaron a su casa, madre e hijo piojoso se sentaron en el sillón a mirar la tele en el comedor, donde también estaba el jefe de la casa. Le sirvió la leche al botija, le hizo unas tostadas con manteca, y mientras el pequeño merendaba su padre metía mano en el tesoro capilar.
Así como quien saca una bolilla de lotería, el viejo sacaba piojos de la cabeza de su hijo.
Sacaba uno, sacaba dos, sacaba tres, mientras armaba el mismísimo velódromo liliputiense encima de la mesa. Los ponía todos en posición de salida, y apostaba, solo, entretenido con su carrera de piojos.


1 comentario:
que asco!
ja. El año pasado mi sobrino me contagió sus piojos. Como me picaba la cabeza, por favor.
Y yo insistía que a la edad que tengo no podían ser piojos, que era el nuevo shampoo que me daba alergia :S
saludos!!
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