sábado, septiembre 26, 2009

domingo, octubre 19, 2008

Voltaire (Lavoisier)

“Nada se pierde todo se transforma”. Esta frase la aprendí en el liceo, clase de química, una de mis preferidas. Voltaire. Jamás me la olvidé.
Un par de veces escribí algún garabato usándola. Garabatos que quedaron en alguna computadora perdida, vaya a saber de quién. Eran esos tiempos donde no encontraba mi lugar. Y mientras lo buscaba, a veces escribía.

Voltaire apareció también en un cancionero de Drexler. “Tu beso se hizo calor, luego el calor movimiento, luego gotas de sudor…”. El hielo se derrite, se hace agua, y el agua se evapora, y queda en el aire. Parte del aire.

Hoy fuimos a Las Toscas, a la casa de la abuela, de los primos. Fuimos sin la abuela, que ya no está más, acá, de este lado. Llevamos parte de Capurro, parte de la ciudad. De la ciudad de mi abuela. La casa de verano, la única de María Hilda que vamos a conservar, tiene ahora el horno eléctrico de donde supieron salir las mejores berenjenas y papas asadas que comí en la vida. Las que la abuela me preparaba para malcriarme. Tiene la cama donde la madre de mi madre durmió desde que se casó con mi abuelo. Y tiene su colchón, su heladera, sus sillas. Ahora la tiene a ella más que nunca. En cada rincón, en cada siesta, en cada comida. Suspiro. Estoy segura de que vé todo desde arriba, orgullosa.

Así me voy despidiendo de Capurro, y de una forma de estar de mi abuela. Y aparece esa nubecita futurista donde me veo frente a esa casa, mirando a otra familia, creando otro futuro, otro destino.

Hoy tocó esa mudanza a Las Toscas. Quedó precioso, listo para cobijar nuevas alegrías, amores, encuentros, peleas, travesuras. Vida. El legado de “la negra”

viernes, julio 18, 2008

Y no es poca cosa

No sé. Algo para escribir. Que me venga a la mente. Y mientras intento que alguna palabra linda salga de esta cabalgata tipeadora. Y no sale. Pues bien. Ya vendrá. Galletas de arroz, mermelada, mate, puchos, celular, control remoto, y alguna cosa más junto a mi computador, es la foto de mi mesa formada por dos valijas que ocupa el centro de mi living. Mis amigas de toda la vida aún no conocen mi nuevo hogar. No he podido compartirlo con ellas. Y es que están en el viejo continente. Eligieron marchar. Y digo eligieron porque su pasar por estos pagos era poco mediocre.

Aparecen otros testigos de nuestras vidas, de mí vida. Nuevos amigos, nuevos compañeros. Y está bueno sumar, pero se las extraña. No es lo mismo.

Y pasa el tiempo y cada vez se hace más certera su lejanía kilometral. No van a volver. Nos veremos en vacaciones, en una visita por allá y en otra por acá. Pero no más cotidianeidad, no más crecer juntas.

lunes, mayo 26, 2008

Locura ordinaria

Aquella foto me decía todo lo que no quería escuchar. Me ví adulta, en un cumpleaños de adultos. La juventud ya no regodeaba mis mejillas, y aquellas expresiones frescas se habían vuelto significativamente curtidas.

Ver esa foto me cambió la cara, me deprimió. No pude seguir disfrutando de la misma forma. La miré una, dos, tres, cuatro veces, intentando encontrar algún indicio de aquella imagen que añoraba. Pero cuanto más la miraba, más me deprimía. No descubría nada de eso, sino todo lo contrario. Y más nostalgia tenía.

Así me sentí el otro día, en un cumpleaños, después de mirar el retrato en la cámara digital, y lamenté no vivir más en la era reflex

miércoles, mayo 21, 2008

Pediculosis capilar

Sería 1945, 1950. Maestras de escuela rural. Y juro que lo que cuento pasó de verdad.


Gloria no tenía 20 años pero sí a su cargo a 14 gurises. Señoras de túnica blanca y tiza en mano de las de antes, como dicen aquellas hoy ya jubiladas, que marcan en el antes la diferencia, pues aseguran, ellas estaban mucho mejor preparadas.


Uno de los alumnos de Gloria sufría de piojos. Muchos piojos. Tanto así que la maestra, cada vez que le encontraba alguno, se lo pegaba con cinta scotch en el cuello de la túnica blanca. El piojo escrachado, a la vista de todos. Y cuando el cuello ya no se sabía si era blanco con puntos negros o negro con puntos blancos Gloria lo mandaba derechito con la directora.


El niño tenía que cruzar el patio de la escuela hasta llegar al escritorio de la máxima autoridad de su segunda casa. Allí, debía bajar cabeza, olvidar dignidad y alguna otra cosa más, levantar el resto de cabello que podía ocultar algunos de sus anti trofeos, y escuchar a la doña. El paso siguiente lo conocemos todos los que pasamos por el centro educativo. La famosa cartita a los padres.


Pero si lo que conté hasta el momento suena un tanto bizarro, en segundos pasará casi desapercibido.


Pues bien. La directora habló con los padres de la criatura y les pidió que fueran a la escuela para hablar del alarmante problema. Es que además, cuando le había preguntado a solas al niño si en su casa le pasaban algún producto, y no imaginen algo tan moderno como Piojisal, el gurí no soltaba bocado. Como si los piojos, además de chuparle la sangre, le hubieran comido la lengüita.


Fue solo su madre. Todos a la Dirección, maestra inclusive. Saludo va, saludo viene, y de pronto, cuando la jefa de la escuela le muestra a la progenitora del niño en cuestión los piojos escrachados en cinta scotch, la madre, para asombros de los presentes, en lugar de rezongar al niño miró indignada a la maestra.


- Madre: ¿Cómo se le ocurre hacer esto?

- Maestra: Es que no podía seguir esta situación, los padres de todos los compañeros de clase se vienen a quejar de que curan las cabezas de sus hijos, y que al otro día están infectados de nuevo. Su hijo sigue trayendo piojos, y sigue contagiando.

- Madre: Pero usted no entiende, los piojos de mi hijo son de MI hijo.


Cierto era, ejemplares como los que habitaban en la cabeza del pequeño no se encontraban en cualquier balcón. Medían centímetro, centímetro y medio. Y eran negros, bien negros.


- Madre: Mire, le pido por favor que usted no le siga sacando piojos a mi hijo. En todo caso, mañana lo traigo con una gorra, así no le salta ninguno a otro compañero. Pero los piojos, maestra, por favor, que no salgan de la cabeza del nene.


Increíble e inentendible, pero así resultó el pacto.


Cuando llegaron a su casa, madre e hijo piojoso se sentaron en el sillón a mirar la tele en el comedor, donde también estaba el jefe de la casa. Le sirvió la leche al botija, le hizo unas tostadas con manteca, y mientras el pequeño merendaba su padre metía mano en el tesoro capilar.


Así como quien saca una bolilla de lotería, el viejo sacaba piojos de la cabeza de su hijo.

Sacaba uno, sacaba dos, sacaba tres, mientras armaba el mismísimo velódromo liliputiense encima de la mesa. Los ponía todos en posición de salida, y apostaba, solo, entretenido con su carrera de piojos.


sábado, mayo 03, 2008

El ritmo del barrio

Siempre hay dos versiones de un mismo hecho, “la otra cara de la moneda”, “las dos voces”. También siempre nos llega una primera que la otra, y sin querer o queriendo, esa es a la que sentimentalmente nos sentimos más cercanos.
Hasta que llega la otra versión. Entonces la duda comienza a tomar forma.

Cuatro mujeres, una peluquería, un proyecto, un sueldo que alcanza para sobrevivir. Dos rubias y dos morochas que parecen entenderse a la perfección para las clientas. El negocio entre amigas que funciona, rompiendo todas las advertencias. Hasta que un buen día cae doña regla: tres mujeres desempleadas y una con empresa renovada.
Las advertencias eran reales: “Ten cuidado, los negocios entre amigos o familia pueden complicarse”.

Casos como estos pululan en los barrios de las ciudades del mundo. Hermanos asociados, padres e hijos, amigos del colegio. Claro que no se pude hablar de una generalidad, pero sí de una marcada tendencia.

En un primer momento había tomado la decisión de no ir más a la peluquería que está enfrente a mi casa por cuestión de principios. A pesar de que me queda muy cómoda la proximidad del centro estético, porque sí, no sólo a cortarme el pelo iba. Una entraba y salía renovada. De pies a cabeza, no sé si me explico.

La otra campana no tardó en llegar, ni tampoco las preguntas a mi cabeza: ¿quiénes fueron las reales bastardas en esta historia? ¿Cuál de todas las que metió mano en mi hermoso cabello tenía su alma negra? ¿Acaso entregué mis piernas a una traidora? ¿O quizás mis uñas?

Sin embargo caí en la cuenta de que no tengo el mismo criterio para con la almacén que también está enfrente a casa. Negocio familiar de gallegos. El viejo cuadrado con sus hijos tras el mostrador. Un treintón frustrado y una mujer soltera, dejada, abandonada, empastillada, deprimida. Con un padre criticón que no escatima piropos añejos y desubicados para las jóvenes que van por un litro de leche y una flauta.

Un barrio de locos. Un pequeño centro comercial de dementes.

Entonces llega la otra pregunta, la más importante quizá: ¿importa la vida personal de estos personajes? ¿Importa si han matado, violado, agredido, ayudado a los más pobres o si han brindado su vida a la humanidad? ¿O simplemente basta con que estén abiertos hasta las diez de la noche, que no tengan precios disparatados y que me dejen espléndida?

La duda me acecha. El mundo moderno ataca.

lunes, abril 14, 2008

Metafóricamente hablando

Hace unos meses, casi un año, iba caminando por la calle, entré por vaya a saber qué impulso a una peluquería, y dije: el pelo corto. Y lo dije sin pensarlo. Podría haberme probado distintos colores, cortes, qué se yo. Pero no, el pedido fue directo. Cortámelo corto, bien corto.

Todavía espero que el pelo crezca. Y calculando a un centímetro por mes la cosa viene para largo. Justo lo que quiero, y que demora.

Es que los cambios en el pelo son los más efectivos. Bueno, cambiar el vestuario también puede resultar, pero, qué se yo, menos jugado.

Me he hecho de todo en la cabeza. Rubia punk, rubia romántica, rubia pelotuda. Y con el tiempo descubrí que si hay algo que me gusta es ir a la peluquería. Ver como la expresión de mi cara cambia de acuerdo al garabato que elija. Aunque después haya arrepentimientos.

Igual siempre hay una opción. Vichas, orquillas, gel. Pero la sensación de cuando una se la “juega” (y que quede claro que no hablo de recortar las puntas o aclararse un poco el color) es excitante.

Hoy fui a la peluquería. Me dio por oscurecerme el pelo. Y es que si no es ahora es nunca. Tengo el pelo corto, ideal para hacerle cualquier cosa. Y he jugado poco con el color. Con los cortes un poco más, pero sólo tengo el cerquillo para experimentar. El largo, el largo que quede intacto, es lo que digo ahora.

Sin embargo esta vez fue más cautelosa. Consulté; ¿y si no me gusta? ¿es fácil volver al color anterior?

Después de un pequeño intercambio de palabras creo tomé la decisión más acertada. Es que es con la práctica que una aprende. Prueba y error, como siempre digo. No nacimos sabios, nos hacemos en el camino.

En vez de hacerme el negro intenso mi pelo quedó gris. Metafóricamente gris. Un color que da lugar al paso anterior más fácil. Una decisión que no implica meses para olvidarla. Está en el medio. Entre el uno y el otro. Con un paso, sea hacia delante o hacia atrás, hay solución. De vuelta rubia o negro azabache. O también así, como estoy. Sólo en cuestión de minutos.

Menos radical, más tranquila. Aunque sí experimentando, pero con la voz de la experiencia.

jueves, abril 03, 2008

Zapatos plateados

El otoño ya es realidad. Llegó y dijo presente: "Acá estoy, pude con el calentamiento global, sigo siéndole fiel al almanaque"

Preparémosnos para despedir a la ropa de verano, aquella liviana, chiquita. El fresco ya se empezó a sentir por las tardes noches. Pero aún me niego a cerrar ventanas. Adoro las brisas, sean ellas cálidas o un poco más frías.

Habrà que volver a buscar sacos, abrigos, camperas. A revolver roperos, cambiar la ropa de lugar. Abrazarse al ser amado, sumar temperaturas. Calentarse con ese pequeño rayo de sol que sobrevive y arde. Disfrutarlo en su modo otoñal.

Zapatos plateados. Estoy segurísima de que devolví esos zapatos. Esos que me prestó una amiga para ir a un casamiento. Repaso los hechos, y recuerdo el momento en que volvieron a los pies de su dueña.

Pero en ese revolver ropero buscando sacos para adaptarme a la incipiente estación no pude salir del perplejo. Esos tacos preciados y plateados estaban ahí, hibernando.

Repaso los hechos, repaso. Y dudo. Dudo en mi memoria, en si fue sueño luego realidad, o sueño

domingo, enero 06, 2008

El talismán de Chico Buarque

Año, año…. no me acuerdo. Fue poco antes de que mi viejo partiera hacia Paraguay, destino donde casi termino mi bachillerato pero el sabio azar no lo permitió. Como dos años sin trabajo estuvo papá hasta que surgió esa oferta laboral en Asunción. Fui así que nos quedamos junto a mi hermana al mando de mi hermano mayor por año y medio.

Antes de viajar papá nos regaló a Chico. A pesar de tener ancestros esquimales le tocó nombre carioca, y al revés de la mayoría de su especie, este tenía ojos marrones. Unos hermosos ojos color café.

Al poco tiempo tuvo compañía. Inú; especímen callejero, inteligente, y por sobre todo amigable, compañero. Era un perro como los de las películas. No quiero decir que escuché su voz pero no dudaría si alguien me lo confesara. Así era Inú. Un día partió y nunca más apareció.

Chico se llevaba bien con Inú pero eran bien distintos. Chico era autista. Con el carácter de un gato, para ser más precisa. Lejos estuvo de ganarse el título del “mejor amigo del hombre”. Pero a pesar de estos desméritos caninos el tipo supo ganar nuestro cariño.

Tenía una agilidad de pocos. Verlo correr cuando lo llevábamos al Roosvelt era un espectáculo. Parecía un conejo jugando en la pradera después de una sobredosis de gomibaya. Pero ya dije que era un perro autista. Y dentro de esa naturaleza a veces salía cual Forrest Gump y quien lograba acercársele para llevarlo de nuevo a casa tenía que luchar con su carácter gruñón.

Según Ángela, la señora que limpiaba en casa, cuando Chico nació se escuchaba El Talismán de Rossana. Su hipótesis había surgido porque cada vez que yo cantaba esa canción el perro aullaba. Sólo aullaba con El Talismán. Y cuando lo hacía se convertía en un verdadero lobo. Era raro, inexplicable, pero la realidad no daba lugar a la duda.

Cada vez que alguien venía a casa mostrábamos la gracia de nuestro perro estrella. Auuuu!!!!!! Auuuuu!!!!. Todos quedaban maravillados. Se lo contaban a sus padres, amigos. Tanto éxito tuvo la cuestión que los fines de semana dábamos números para poder atender bien a las visitas.

Chico llevaba casi un año de éxito cuando lo llevamos con Susana Giménez. Sí!!! Chico estuvo con Susana. Lo tuvo que acompañar Ángela, porque a nosotros nos daba un poco de vergüenza. Llevaron una grabación mía cantando El Talismán. Chico aulló como nunca. Susana incluso hizo una oferta para quedárselo. Pero no transamos. Hay cosas que no tienen precio. Y Chico era una de esas.

A los pocos meses mi versión de Rossana se hizo bastante famosa en las radios de Montevideo. A mi me tocó ir con Omar Gutiérrez, cantar en vivo en De Igual a Igual. Hasta grabé el tema en una productora agropecuaria, un track en un disco de grandes recopilaciones para sedar el mal carácter de los perros.

Pero el tiempo empezó a pasar y en menos de un año ya nadie se acordaba de mi tema ni de mi perro estrella. A nosotros no nos dolió mucho pero Chico entró en una depresión preocupante y tuvo que hacer terapia canina durante 5 años. Nos turnábamos con mi hermana para llevarlo a la consulta. Todos los miércoles a las siete de la tarde.

El perro se fue poniendo viejo y un poco más cariñoso. Aunque siguió igual de testarudo hasta sus últimos días. Recuerdo que antes de morir me dio la mano. Sí, el perro buscó mi mano para saludarme y despedirse.

En su funeral, como no podía ser de otra forma, cantamos El Talismán. Y juro que aquella vez, a pesar de que su corzón y no latía, escuché su último aullido.

lunes, junio 25, 2007

GaJes del ViciO

Como la mayoría de los trabajadores fumadores, después del decretazo, me he hecho más compinche de mi smoking partner, y he tenido la suerte de que sea una persona muy admirable. Una mujer que puede pasar desapercibida pero que probablemente sea de las más interesantes del salón.

Por lo general nuestra guarida es la azotea del laburo, aunque bien temprano, cuando hay poca gente, en ese momento donde se prepara el mate, solemos dar las primeras pitadas en la cocina.

Hace un tiempo, como a mi se me habían acabado los cigarros, le invité a fumar camino al kiosco, y bueno, como había poco que hacer me acompañó. Era otoño, un día frío pero no congelado gracias a EL rayo de sol que lograba colarse entre las nubes. Fumamos en la esquina iluminada, tranquilas, imaginándonos que estábamos en otra ciudad, que éramos otras personas.

Como todo lo bueno tiene su fin, a los cinco minutos volvimos a la realidad. Ella a su oficina, yo a la mía.

De vuelta frente al monitor. Y de repente una fragancia extraña comenzó a invadir mi olfato. Lo consulté y me lo confirmaron: había olor a quemado. Empecé a buscar algo en llamas, algún cable de las computadoras, el aire acondicionado…

De repente me agaché para ver las conexiones bajo el escritorio, parecía que era ahí la cuestión. Vi humo. De acá sale humo, les dije a mis compañeros, ya bastante más alterada. Se acercaron y fueron hacia el mismo lugar donde yo. Pero algo no andaba bien.

Cuando yo me alejaba olor y humo venían conmigo. Seeh… me había salido mejor que a un dibujito animado.

Tic - tac - toc - toc… cayó la ficha, y también la colilla, que estaba en el dobladillo de mi pantalón.

lunes, junio 18, 2007

Ya lo dijo Pierce

Tres zanahorias chiquitas, arrugadas, de esas que como los viejitos se fueron encogiendo. Un platito con restos de verduras usadas de hace días, quizás para un tuco. Un tetra de vino tinto abierto, unas mandarinas.

- Para mí la heladera de cada persona guarda un mensaje encriptado.

A ver, me dijo. Y me llevó hasta su nevera: tres zanahorias chiquitas, arrugadas, de esas que como los viejitos se fueron encogiendo. Un platito con restos de verduras usadas de hace días, quizás para un tuco. Un tetra de vino tinto abierto, unas mandarinas

- Hace por lo menos tres días no pasó nadie por acá.

Já, me respondió. Hace dos noches que no duermo en casa, y Vale, desde el viernes que se le enfermó el novio, tampoco.

Todo cerraba, existía el patrón. Mi teoría rendía, brillaba, tenía éxito.

Así estuvimos dos horas hablando sobre las heladeras, el cómo lucen y sus dueños. Por ejemplo, la de mi abuela es un rococó. Leche entera y descremada, al menos cinco platos chicos con restos de (el cuarto de milanesa que sobró del mediodía, torta de zapallitos de la noche anterior, un poco de pollo, un pedacito de torta), dos cajones con gran variedad verduras (algunas nuevitas, otras que supieron serlo), una jarra de agua con pedacitos de cáscara de limón...

Y de repente por esas asociaciones de ideas me acordé, como supo decirlo un profe de facultad, que en la basura de la gente hay mucho por descubrir, hasta un posible asesino... búuuu.

En fin. El mensaje está ahí, a la espera de que alguien, aburrido, observador, y/o colgado, se tome el tiempo para descifrarlo.